martes, 11 de enero de 2011

De renacimientos

El ocho de octubre del pasado año, y con casi 37 años vividos, me morí y luego resucité.
Y como decía el gran Juan Cuesta, "...y lo digo sin acritud. Pero lo digo".
Además, fue una muerte totalmente indigna. Yo merecía morir con mucho más glamour de ese...
Lo de morirse sin apenas darse cuenta, es tan trágico como tu primer gatillazo. Supongo.
Fue como un accidente de tráfico. Vas tan normal a ciento treinta por la autopista, le das al power de la radio y al segundo siguiente, te has comido una mediana de hormigón armado con los dientes y lo que va detrás.
Lo siguiente es...la nada absoluta. Y un montón de sucesos que ves como a cámara lenta, medio difuminados y con sonidos que se confunden con el eco de ellos mismos.
Y poco a poco, como en un flashback, vuelves a tu cuerpo y sientes dolor psíquico, que es el que más tarda en curarse. Fue el resucitício. La vuelta a la vida tres meses después.
A continuación te dedicas a contar los segundos con la única intención de comprobar que están todos. Y pasas a contar los minutos. Y luego las horas, completando días y semanas.

Y un buen día, te despierta un beso. Y todo vuelve a la normalidad. Bueno, sería más correcto decir que todo vuelve a la nueva normalidad.
Hay cosas que nunca volverán de tu antigua vida en la que te moriste.
Pero aprendes a vivir sin ellas. Casi mejor, en muchos casos.
Lo peor de morirse, es tener que resucitar. Da una pereza increíble.
Pero lo mejor de resucitarse, es volver a aprender a hacer cosas que creías que conocías a la perfección.
Parte de esas cosas que tienes que volver a aprender son totalmente desconocidas. Por otras ya has pasado y te permites el lujo de manejar la situación tranquilamente. Como cuando estas de vuelta y media en el sexo, y  un día te toca un virgencito/a.

Mi renacimiento además, ha coincidido con el inicio de un nuevo año nuevo.
Así es mas fácil poner los contadores a cero.
Ahora ya no te conformas, que eso ya lo has hecho en la primera vida. Ahora exiges y pones condiciones. Pasas de complacer, a querer ser complacido. Aprendes a compadecerte de quienes, -pobrecitos ellos-, no conocen esa enorme diferencia.
Pero lo mejor, el zenit de tener que pasar por morirte y tener luego que resucitar, es disfrutar de ese don adquirido a través de la resucitación, y poder ver como se van cumpliendo uno por uno todos aquellos designios que habías profetizado. Ver desde la grada como se debaten en el campo de juego todos esos elementos que conforman las vidas de las personas. De las demás personas. Ver las zancadillas, los codazos, los goles que se meten unos a otros, para luego, durante el descanso y la rueda de prensa que dan ante la galería, alabarse, a sabiendas de que en breve se volverán a unir en una lucha encarnizada ,y dopada con hipocresias, mentiras y procuras de beneficios egoístas y particulares. Incluso entre jugadores de un mismo equipo.
Ver desde el palco de honor todo eso, y poder regocijarte con la repetición de las jugadas más interesantes desde 23 ángulos diferentes y a cámara lenta, no tiene precio. Bueno, si lo tiene: morirte y resucitarte. Pero es un precio que merece tanto la pena pagar, que volvería a hacerlo.
Encima, con un mando a distancia que te da el poder de ralentizar o eliminar a algunos de los jugadores. Una varita mágica que te permite acallar determinadas bocas con sólo pulsar el "mute", o entender esas conversaciones entre ellos con sólo pulsar el "subtitle".
Encima, al contar con la promoción de "90 días gratis" por ser nuevo cliente de resucita-net, puedes ver un número ilimitado de veces los campeonatos de los campeones.
Creanme y acepten mi consejo:
Mueranse.
Y luego, todo aquel que quiera, que resucite.

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