miércoles, 17 de noviembre de 2010

De sinceridad desatada

Muchas veces me planteo el no decir lo que pienso o lo que siento, para no  hacer crecer una bola dialéctica de nieve.
Hay ocasiones en las que gritar un silencio, llena más que una tonelada de verdades.
Pero tengo un gran problema: Me puede mi sinceridad. O mi falta de hipocresía. No se si hay alguna diferencia.
Y me gusta dar pequeñas "lecciones cotidianas" si sé que quien las recibe, va a hacer buen uso de ellas.
Tratar de hacer pensar a quien no tiene cerebro, hace tiempo que lo asumí como una pérdida de tiempo.
Por eso, a veces, -decía-, tengo que decir las cosas tal y como las pienso. Sin añadir suavizante ni nada. Así, en bruto.
Adornar una frase tipo "no me hagas responsable de tus errores" con añadidos acolchantes, es, en primera instancia, distorsionar lo que se está diciendo, provocando quizás en quien la escucha sensación de menor gravedad, y, en segundo lugar, desvirtúa la contundencia de la misma, pues, si quieres decir algo para que tenga un efecto determinado, hay que decirlo de una forma determinada. Y yo creo que esa forma determinada es, directamente.
Claro, di tú que en vez de decir "no me hagas responsable de tus errores", podría decir, "tienes que tratar de hacerlo mejor", que implica el que no cometas errores y, por ende,  no me responsabilices de ellos. Pero ¿a que no es lo mismo?
También podría decir "intenta asumir tus fallos", que se aproxima más a la frase original, pero carece de la gravedad necesaria.
Vamos, que se puede decir de mil formas, pero sólo unas pocas son contundentes y, sobre todo claras.

Pero aquí tenemos la segunda parte de la película, que consiste en que, a quien le comentes esa frase, le parezca, digamos...como el culo.
De ahí, que me plantee a veces el callarme la boca, no por el hecho de no crear polémicas, que a eso uno ya se ha acostumbrado hace años. Ni siquiera, por no dejar claro que  uno no es idiota y que, aunque a veces trague errores ajenos, lo haga por afán de tolerancia y adaptación únicamente.
No... lo que más me molesta de callarme la boca cuando tengo que decir algo, es que la persona que tengo delante nunca va a aprender, ni siquiera se va a molestar en aprender, a no cometer errores, y, por lo tanto, seguirá tratando de encalomárselos al primero que se encuentre.
Las polémicas que personalmente puedan surgir fruto de algún desacuerdo con quien teclea tan estrepitosamente a estas horas de la madrugada, son polémicas "de las buenas". No nacen con la intención de herir, ni de humillar. Ni siquiera con la malsana manía de querer tener la razón (aunque se tenga la razón).
No necesito demostrarle a nadie que tengo razón cuando la tengo. Me basta con saberme poseedor de la razón, insisto, si es que la tengo.
Mis polémicas nacen con la intención de hacer comprender a quien tengo frente a mi, mi punto de vista. Que no ncesariamente tiene que ser el correcto, pero para eso están los debates.
Tu opinas, yo opino, tu replicas, yo replico, tu razonas, yo razono...así va la cosa. Hasta llegar a una conclusión.
Pero cuando se aplica como punto de partida a una opinón pública, una censura del tipo "yo opino esto, y no pienso hablar más del tema"... el comienzo ya es malo. Y el final no puede ser mejor.
Si no quieres que nadie te discuta algo, no lo digas en voz alta.
Es lo que tiene la democracia esta. Que somos libres de opinar, cuando el tema es de carácter público. Y si es del ámbito privado, sólo podremos opinar con permiso expreso de los protagonistas. Al menos, hasta que se convierta en un tema público.
Así que, me río yo de la peña que está en el rollito rosa de la tele.
O de las opiniones vertidas en los blogs del mundo entero sobre los que "no se admite opción no sólo a replica, sino ya a opinión".
¿Pa que lo publicas?
No lo publiques...

Nota del autor (que soy yo): Quizas no tenga razón, pero ya sabeis: contra la sinrazón, despreocupación. que además rima.

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