sábado, 11 de diciembre de 2010

De aforo ilimitado

Navidad= cenas. Muchas cenas. Con sus respectivas salidas.
Esto, a priori debería de ser algo divertido. Lo es. Al menos, la primera parte. La de la cena.
Risas con compañeros de trabajo, amigos, familia, mas amigos...
Lo malo viene después.
La gente se empeña, tenga la edad que tenga, en anclarse en los 17 años, donde es imprescindible salir hasta cuanto más tarde mejor, para poder decir luego que se lo han pasado bien hasta las tantas.
Es como si, el recogerse a las 3 o las 4 fuese sinónimo de debilidad. Por narices tiene que ser malo.
Y me resulta gracioso.
No llego a entender, -y cada vez que tengo oportunidad juro que me concentro y lo intento-, cómo la gente se lo puede pasar bien acudiendo a un local donde hay que superar tantos obstáculos:
-El primero es el examen visual del portero, donde, según la ropa o el calzado que lleves, te dejará acceder al siguiente nivel.
No están bien vistas sudaderas, botas o deportivas, pantalones cortos, ropa deportiva tipo chandal, ir sin afeitar, ir sólo... Nunca sé si mirar al portero como esperando su aprobación, o intentar entrar de forma desapercibida. Como si fuese una rutina el visitar ese tipo de locales.
En cualquier caso, si vas acompañado de una tía, cuanto mas buena mejor, todo esto se pasa por alto y podrás entrar, aunque los porteros se miren entre si disimulando una sonrisa como diciendo "¿que coño hace este pintas con esta tía?".
Superado el primer nivel, accedemos a la segunda pantalla del videojuego, previo pago de entrada en algunos al entrar y en otros al salir, si no te metes un copazo de garrafón.
El segundo nivel habitualmente consiste en buscar un lugar donde permanecer los siguientes 90 minutos.
Es difícil, pues el aforo suele quintuplicarse de forma habitual. Recorrer los 20 metros que separan la entrada de la pared opuesta, pues siempre hay que atravesar todo el local, tampoco sé esactamente por qué motivo, supone el recibir empujones, miradas de desaprobación entre quienes están apiñados meneando la copa, o bailando desmesuradamente como si tuviesen un salón para ellos solos.Aunque lo evitas, siempre pisas 5 o 7  pies. Sueles tardar unos 8 minutos en atravesar esa distancia.
Para cuando has alcanzado tu objetivo, sudas. Mucho. Por que en la calle hace frío y vas demasiado tapado.
Decides entonces sacarte la sudadera pero no sabes qué hacer con ella. Dejarla en cualquier sitio es sinónimo de quedarte sin ella fijo. Lo mismo con el bolso donde guardas llaves, cartera, tabaco, móvil...
Así que, decides colgar la sudadera del bolso. Me siento como Paco Martinez Soria en aquella película que atraviesa una centrica calle de madrid, con una cesta con gallinas en cada brazo.
Ya van unos 12 minutos. Sigues sudando. No has hablado con nadie en todo ese tiempo, por que el volumen de la música lo dificulta, y por que, al entrar los has hecho en fila india, junto con quien te acompaña.
La gente que ya estaba se comporta como si estuviese en un paraíso. Lo acepto, pero no lo entiendo. Interiormente, lo achaco a las copas que me llevan de ventaja.
Copas...
Tengo sed.
Hace mucho calor.
Me preocupan los virus gripales concentrados en ese local, mezclado con el humo de los cientos de fumadores encerrados.
Miro a mis acompañantes. Se están terminando de sacar la ropa que sobra y no les preocupa dejarla junto con sus bolsos, en cualquier sitio apilada, junto con ropa de extraños.
No lo entiendo.
La barra está lejos, -al orto lado del local-, rodeada de un montón de gente bien vestida, afeitada y conjuntada, que van a pedir copazos. Siempre me acuerdo de la bolsa de Frankfurt, todos levantando la mano para llamar la atención del camarero, a grito pelado.
Las féminas, por algún extraño motivo, tienen preferencia. Se pueden colar entre los demás, por que si se ponen delante significa que  vas a apoyar tu paquete sobre su trasero, mientras ella pide su consumicion, echándole la culpa en caso de necesidad, a los empujones de exceso de aforo, y poder decirle luego a los colegas que has tocado a una tía que estaba como un tren.
Lucho con la multitud y al cabo de unos minutos logro acercarme a la barra.
Sudo más.
El camarero me ignora durante casi 9 minutos. Atiende a todos los que están a mi lado, y a los que estaban detrás de los que están a mi lado.
Cuando con actitud de "bueno, te atiendo pa que te quites del medio" me pregunta qué me pone y le respondo que "un acuarius de naranja", me pregunta "¿con qué?" y le respondo "Con hielo", hace un gesto como diciendo "paleto...", me pone mi acuarius, me cobra 800 pesetas de las de antes y no espera a que recoja mi cambio, mi vaso y mi refresco. Decide preguntar con una amplia sonrisa a la rubia de detrás de mi, qué le pone. La rubia me quita del medio con un sutil pero efectivo gesto. Como quien sopla a la ceniza que se le ha caído fuera del cenicero. Me siento un pelín humillado.Quiero irme de allí.
De nuevo, otros 9 minutos para llegar a donde están mis amigos.
Alguien, antes de que pueda saborear mi copa, me pregunta que qué tomo, le respondo que acuarius. ¿Con qué? me replica.  Con hielo, le respondo. Pone cara de decepción. Como el camarero.
Creo que no moñarse a copazos, no esta bien visto.
Pero tengo que conducir. Y no me gusta garrafonearme.
Mi amiga, me propone que le valla a por una copa, y que luego me paga una ella a mi, en el siguiente local.
No quiere molestarse en remover la pila de ropa propia y extraña en busca de su bolso para coger su cartera.
No me apetece volver a recorrer ese trecho con ida y vuelva y pasar bajo la mirada de desaprobación del camarero. No tenia pensado ir a ningún local mas. No sé por que lo da por hecho.
Mi amiga no me dice de qué quiere la copa, así que, al final, decido preguntárselo yo.
"De lo mismo que tú", me responde.
Tengo que aclarar, otra vez mas, que no estoy bebiendo alcohol. Que es un acuarios de naranja con hielo. Que tengo que conducir. Que no me gusta beber alcohol sin control. Que no me gusta ese local. Que odio ese tipo de locales. Ya me empieza a molestar demasiado mi permanencia allí.
Encima, me doy cuenta de que a la gente le da igual qué beber, con tal de que lleve alcohol.
Esta, pone cara de extrañeza cuando le digo que es sólo un acuarius, y se permite el lujo de decirme "¡¡¡ pero tío!!! ¡¡¡Que hay que divertirse !!! Decido no entrar en un debate sobre gustos y costumbres, por que hacerlo con el volumen de una canción que dice "estoy cachondo" una y otra vez, pero en ingles, mientras la gente lo repite sin saber el significado, me parece todavía más agotador y absurdo que ir a por la copa.
Así que, de nuevo voy yo, con mi bolso y mi sudadera colgando, mi vaso con acuarius sin alcohol en la mano, rebuscando mi cartera en mi bolso, acordándome otra vez de Paco Martinez Soria, esquivando, pisando y empujando gente, esperando a que el camarero me atienda, y le pido un "güiski con cola". La pregunta es obvia: ¿Que güiski?. Me da igual. No es para mi. El más barato, le digo sin cortarme un pelo y con cara de cabreo. Me cobra lo mismo que a mi por mi acuarius sin alcohol. Me devuelve dos monedas de euro. Se me cae una al suelo. Decido no agacharme a buscarla. No creo que sea posible agacharme debido al exceso de aforo.
De regreso, un empujón derrama la mitad de mi acuarius de 8 euros. Tengo ganas de llorar. Pero no seria glamouroso. Entrego la copa a mi amiga que la recoge y sigue bailando...o lo que esté haciendo.
"De nada" digo, a sabiendas que el volumen da la música no permite que me escuche.
Me bebo de un trago lo que me queda de acuarius, me doy cuenta de que mi mano y a saber qué mas, está pegajosa, dejo la copa en cualquier sitio y sin más, decido salir del local. No puedo más. 
Otros 10 minutos para llegar a la puerta. Según se acorta la distancia que me separa de la puerta, mi sensación de agobio crece de forma directamente proporcional. No sé si lo lograré.
Al salir a la calle, inspiro una bocanada de aire frio, como si estuviese durante 50 segundos bajo el agua y por fin saliese a la superficie. Levanto la vista y me aparto para que la manada de rubias chachis y maromos guais puedan entrar. Según entran, me miran. Me siento como si estuviese en pijama.
Me siento en unas escaleras próximas, decidiendo si me voy a mi casa, o si espero por mis amigos. Juego con el móvil. Veo el facebook. Decido irme. Es una situación absurda. Luego irán a otro local de igual o peor calado.
Recorro una larga distancia hasta mi coche. La Gran Vía me parece un paseo. Los semáforos titilan al ritmo de mi paso. Los 35 kilometros de regreso con la música al volumen que a mi me gusta, me relajan.
Navidad, navidad...

3 comentarios:

  1. a mi no me gusta salir de pubs,me agobio en ellos con tanta gente y además no me gusta bailar,paso de beber como una cuba,menudo coñazo jaja

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  2. A mi no me gustan esos sitios en los que uno parece una sardina enlatada.

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